|
- Sí, tú eres Antonio.¿Cómo estás?-. Pocas veces me he sentido más antipática que en ese momento. Inconscientemente me vengaba en aquella inocente criatura de la saliva tragada tiempo atrás, cuando Carles me abordó de manera similar. Entonces temblaba como una hoja en otoño, ahora le estaba mirando fijamente a los ojos. Eran, y son, unos ojos brillantes, oscuros y grandes, con grandes pestañas (siempre me fijo en ese detalle en los hombres) que al parpadear le daban un aire muy atractivo. Y me dieron ganas de decir "noi, me gustas". Pero no me atreví a tanto. Era demasiado pronto, y tampoco hacía tanta falta. Porque una cosa era lo que yo creía y otra, muy distinta, la realidad. Lo comprendí luego más tarde. Yo también estaba demasiado nerviosa y no me daba cuenta de la cara bobalicona que estaba poniendo (con la rabia que me da).
Parecíamos dos estatuas incómodas. Frente a frente, sin decir palabra, escudriñando los ángulos del contrario y buscando, desesperadamente, una palabra que rompiera el paréntesis en el que nos habíamos encerrado. Entonces me sonrió. Más aún me gustó su sonrisa. Es que le salía natural, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que sonreír. Se le hacían unos hoyuelos muy graciosos en la mejilla. Y él ya sabía explotar ese encanto suyo particular. Al menos conmigo dio resultado. Era martes y a las once y media ya no quedaba casi nadie. Tocó mi espalda en un intento no consumado de echarme el brazo y me propuso bajar a Loja. - Pero, ¿no estamos ya en Loja? -No, estamos en el Barrio Alto-. Me hizo gracia la ocurrencia. -Mari, ¿te vienes? -No. Luego más tarde. -¿Dónde nos vemos?, que yo no tengo llave. -¿En el Pic-Nic? -Allí nos vemos. |
|
PÁGINA ANTERIOR ************** PÁGINA SIGUIENTE |