TRAS LA LUNA LLENA(IV).........

Primero fuimos al Acuario. Antonio no cabía de contento. Paseaba orgulloso su "conquista" entre las miradas de sus amigotes. Yo me ofrecía gustosa al juego. Nos sentamos en la esquina de la barra, al fondo. Y hablamos. No sé de qué cosas, porque normalmente soy muy cortada, pero vaya si hablamos. Y el tiempo volaba alrededor. Para nosotros fue solo un instante. Pero el reloj, al final, delató el desfase horario.

¡Qué curioso! Parecíamos haber esperado toda la vida para llenar una hora. Nos sentíamos tan bien que ni la música de Albert Hammond (mi héroe por entonces) importaba demasiado.

- ¿A qué hora tienes que irte?

- No sé. Depende de mi prima. Yo no tengo llave. ¿Por qué lo preguntas?

- Es que me gustaría enseñarte una cosa. Pero no puede ser hasta más tarde.

Estuvimos en el Pic-Nic (Suzzy Quatro, Bosé y hasta los Pecos en sucesión interminable). Y bailamos. ¡Qué delicadeza!, ¡Qué sensaciones a cual más agradable! Me dejaba llevar por la melodía, por sus manos, por sus movimientos cadenciosos. Un baile cómplice donde todo iba al ritmo que los dos establecíamos.

Saldríamos a la calle a eso de las dos y media. Recuerdo que éramos seis; tres chicas y tres chicos -aunque lo que mejor recuerdo es que íbamos Antonio y yo-.

-¿Y si subimos a los pinos?. Hay luna llena pero se ocultará pronto. Vamos a ver las estrellas- dijo con una seguridad pasmosa.

- Ahora quiero enseñarte algo que no saben por allí arriba-. Prendió el encendedor y miraba el reloj como cronometrando sus palabras, para que la última coincidiera con la subida del telón.

- Mira hacia allí- me señaló las luces de la Esperanza- , ahora levanta un poco la vista. ¿Ves esa estrella brillante de color rojizo? Es Betelgeuse, conocida también como Alfa Orión. Te la regalo. Es tan grande que no cabría entre el Sol y la Tierra. Podrás verla cuando quieras y espero que te acuerdes de mí cuando la mires.

Aquello era demasiado para mí. Me habían dado una lección de humildad que nunca he olvidado. El cateto, aquel pueblerino tenía más sensibilidad, y más conocimiento que ninguno de los que jamás haya conocido. Y aquella tierra desnuda, seca y casi inhóspita se me quedó en el corazón para siempre. Comprendí más que nunca a mi padre y su soledad. "Uno es de donde come, pero nunca olvida dónde nace". Porque ese cielo, luminoso, grandioso y limpio no se ve en la gran urbe. Porque esa gente sencilla, sabia y sensible no se encuentra muy a menudo.

Y me enamoré. Y le besé la boca en un abrazo emocionado que a poco más, y sin proponérnoslo, da con nuestros huesos en el suelo.

Tumbados, cabeza con cabeza simulando la constelación de Orión.

- Mi pie derecho es Betelgeuse, el tuyo izquierdo es Rigel. Tu prima es Aldebarán y aquellos dos son Júpiter. Y volvimos a reírnos y a besarnos. Y no sé en qué orden.

-¿Sabes?. Me siento tan a gusto contigo que ya lamento que te vayas el viernes, porque yo mañana tengo que trabajar-. Y apretó con fuerza mi mano.

Llegamos a dormir con los primeros rayos de sol. Lo de dormir es un decir, porque tardé bastante en hacerlo. Era la felicidad. Mejor, era la felicidad para una niña de diecisiete años. Escasos momentos que he vuelto a recrear con excesiva frecuencia.


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