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La noche se bebió la luna de un trago y el mar, negro como nuestra conciencia, te acompañó compasivo en tus últimas esperanzas.
La muerte viajó en la patera. Era el único pasajero seguro en aquel macabro juego de la oca dentro del cascarón de madera podrida y sin embargo tan cara. Hacía frío pero te adormeciste con el run-run del motor. Quizá en el duermevela volviste a imaginarte paseando con los tuyos por las calles y plazas del paraíso. Un movimiento brusco, tal vez intencionado, desequilibró la barca a escasos metros de la orilla. Quizá vieras, en la agonía de cinco minutos, las hermosas luces que dibujaban la ciudad. Fuiste noticia en el telediario de las tres. En la orilla descansaba tu cuerpo vomitado por el mar que no quiso la macabra ofrenda.
No hubo funeral, ni voces amigas, ni recuerdos evocados, ni padre, ni madre, ni siquiera los que lograron llegar se preguntaron por ti.
Hoy, meses después, en una lápida cruel, sólo una fecha y un número y en algún juzgado, perdida entre expedientes, tu ficha incompleta: Mujer negra, de veintitantos. Nombre desconocido. Nacionalidad desconocida. Archivado. Y en nuestras mesas brillan tomates regados con la sangre de los tuyos. Sangre ilegal y extranjera. Como si dijéramos, inhumana. |